Patricia vive donde pocos llegan y muchos recuerdan. Allá, en la zona del Nevado del Huila, el frío no perdona. El agua es helada, el viento es fuerte y la vida no es fácil. Pero en medio de todo eso, ella decidió quedarse… y servir.
Su casa no es solo su hogar, es refugio. A diario puede recibir cerca de 200 personas. Caminantes, viajeros, montañistas que llegan después de diez horas caminando desde el pueblo más cercano, porque allá no hay vías. Todo llega en mula o a caballo, los alimentos, los insumos, la vida misma.
Y aun así, Patricia hace magia.
Desde las 4:30 de la mañana ya está de pie, cocinando. Desayuno, almuerzo, comida… sin parar. Organiza grupos, sirve con orden, con paciencia, con una sonrisa que no se apaga. Afuera y adentro hay mesas llenas, y cuando unos terminan, otros pasan. Así, todo el día.
La comida es casera, caliente, generosa. Todos quieren repetir. Porque no solo alimenta el cuerpo, también el alma.
En la noche, el Wi-Fi se apaga temprano y el frío obliga a dormir con varias cobijas. Pero nadie se queja. Porque ahí, en medio de la montaña, Patricia ha logrado algo inmenso:
Convertir el frío en hogar.

