Llegué a Europa con 28 años, y fue como abrir mi puerta al mundo, esté era mi primer viaje internacional, y con él, una decisión que transformó mi vida. Sin duda alguna el choque cultural fue profundo, puesto que yo vengo de Neiva, Huila – Colombia, una tierra que amo, pero salir de ella me abrió los ojos, aquí aprendí a explorarme sin miedo, a vivir sin tantas reglas.
Algo que me impactó especialmente fue ver cómo las mujeres europeas caminan con calma, sin preocuparse si alguien las observa por lo que llevan puesto, muy diferente a Colombia, donde si te vistes fuera de lo “establecido”, te miran raro, te juzgan. Y es claro, muchas veces no usamos lo que queremos por miedo al “qué dirán”.
Esa es una de las cosas que más he agradecido de esta experiencia poder interiorizar y decirme: ¿por qué no tener un estilo que me represente, me empodere y me haga feliz? Todo esto para sentirme en mi propia piel, sin máscaras.
Hoy siento que puedo con todo, aunque no idealizo la vida en el exterior. Por supuesto, hay tropiezos, sí, pero también grandes enseñanzas escondidas en lo cotidiano. Esa libertad es la que deberíamos llevar a Latinoamérica, no la ropa europea —eso no—, sino más bien el aprender a vivir lento, con calma y sin juzgar a quienes piensan y visten diferente.
